Una Habitación Propia

Hace poco leí el libro de Virginia Woolf titulado ¨A Room of One’s Own¨ (Una habitación propia), un ensayo extenso en el que la autora expone el papel de la mujer en la literatura a lo largo de la Historia, y la poca o ninguna relevancia que esta ha llegado a tener.  Sus argumentos se basan en el análisis de diversas obras literarias, las cuales en su mayoría fueron escritas por hombres-  La autora describe sus ideas con un vocabulario elegante —propio de todo escritor britanico—,  sin embargo, se me hizo bastante ameno e interesante.

 Al leerlo, sentí que compartía en un apero con Virgina.  La imaginaba pidiendo una copa de vino luego de que yo le preguntara —Virginia, ¿por qué a las mujeres nos cuesta tanto descubrir y alcanzar el máximo potencial creativo?.   Ella, siendo autora de novelas, cuentos, obras teatrales, y demás obras literarias, comenzaría a listar de forma detallada un sin fin de acontecimientos que marcaron la historia, y por ende el comportamiento femenino.  Yo,  acostumbrada a obtener respuestas concretas, me cansaría de tanta charla y le preguntaría de nuevo —¿por qué a las mujeres nos cuesta tanto descubrir y alcanzar el máximo potencial creativo?  Con una sonrisa curiosa, e incluso maternal, la tan prestigiada escritora tomaría el último sorbo de vino y me respondería —porque no todas ganan quinientos dólares al mes, ni tienen una habitación propia.

Su respuesta sin duda, me dejaría con muchas inquietudes.  No haría falta intuir para qué una mujer necesita quinientos dólares al mes, pero me tomaría algunos días entender qué es eso tan especial que una habitación propia podría brindarle.

¿Qué pasa cuando una mujer entra a solas a una habitación?  ¿Existen tantas habitaciones como mujeres en el mundo?  Al igual que las mujeres, cada habitación sería distinta la una de la otra, o en su defecto, ¿qué tendrían en común?  

Aprovechando mi don natural de psicoanalista, me dediqué entonces a observar no solo a las demás mujeres, si no también mi propio comportamiento, dispuesta a buscar el común denominador.   Miren lo que encontré:

Cuando era adolescente, solía buscar amistades que fuesen totalmente diferentes a mi, graciosos, extrovertidos, irresponsables y hasta problemáticos.  Supongo que intentaba vivir a través de los demás, esas experiencias que por cuenta propia, nunca me atrevería a propiciar. Quería crecer en un ambiente al que no pertenecía y por su puesto, agradar a los demás.

Al cumplir los veinte, siempre procuraba tener amigos con carro.  No hace falta explicarlo, buscaba la comodidad que yo misma no podía brindarme.  Salí varias veces de vacaciones con mi familia.  No tenía recursos económicos suficientes para disfrutar e irme sola. Además, debía cumplir con la regla inquebrantable, impuesta desde el nacimiento a toda mujer, compartir en familia.

En los primeros años de mi vida profesional, me rodeé de gente mayor.  Quería absorber a toda costa el conocimiento que solo es adquirido en el día a día laboral.  Me encantaba conversar con personas que me doblaban la edad, y solía pensar e incluso decir en voz alta, que lo mejor que me podía pasar era conseguir un esposo millonario.  Quería comodidad —retomo— quería encontrar a ese alguien que me diera  comodidad.

Hoy en día no busco relaciones problemáticas y evito a toda costa esos compromisos que me obligan a estar en lugares en los que no quiero.  Conozco un poco de todo y lo que no, lo investigo.  Disfruto muchísimo la compañía de personas mayores.  Dejé de buscar al esposo millonario, porque aún y cuando no he logrado la fortuna que alguna vez soñé tener, puedo proveerme de todo lo que deseo, viajes, libros, un carro, una vivienda, estudios, ricas experiencias gastronómicas, entre otros placeres.

Al culminar este análisis personal, se me hizo más fácil reconocer cual es el origen natural de los problemas de toda mujer.  Casi todas hemos sido educadas para agradar a los demás, compartir en familia y encontrar la otra mitad que proporcionará comodidad.

Entiendo pues, a qué se referia Virgina Woolf en su ensayo publicado en 1928.  Toda mujer puede alcanzar su máximo potencial, si tan solo tuviera quinientos dólares mensuales y una habitación propia. 

Hablar de dinero, es hablar de libertad financiera. Si una mujer tiene comida, casa y ropa por el resto de su vida, sin tener que pasar por sacrificios extremos para ganarse la vida, no necesitará odiar a otro.  Viviría en una realidad  en la que no se malgastara energía esperando algo de los demás.

La habitación, no es más que ese espacio en el que toda mujer se sentaría a pensar de forma individual.  Sin remordimientos o ataduras sociales.  Una habitación cerrada en la que pudiese desarrollar y reforzar el hábito de libertad.

Es una lástima que hayan pasado casi cien años desde la publicación de ¨A Room of One’s Own¨, y aún debamos gastar parte de nuestra vida, luchando por la libertad económica y buscando paz, para luego —si tenemos suerte y tiempo suficiente—, alcanzar nuestro máximo potencial.  

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