Marta y Lo Que Descubrió En El Petit Palais

Photo by Alexander Krivitskiy on Unsplash

Conocí a Marta en un salón de clases. La vi entrar meneando su cabello oscuro y largo como el de una amazona. Sus brazos y piernas eran largas también, la cara perfilada y los ojos bastante separados y achinados, parecía un avatar.

No hablamos si no hasta tres semanas después de habernos visto todos los días en el salón 265 del edificio de Migros. No puedo recordar el primer cruce de palabras, lo que sí mantengo en mi memoria es esa magnífica lección que me enseñó cinco años después, cuando fui a visitarla a París.

Nos encontramos en Du Pain et des Idées, una deliciosa panadería que queda en la Rue Yves Toudic y donde puedes comer croissants de verdad.

Era verano y cuando Marta llegó yo ya había tomado más de medio litro de té.

—Hola Blanca Nieves —saludó en alemán, con su sofisticado acento francés.

—Hola Avatar —le respondí.

Después de unas cuantas horas conversando y actualizándonos en uno que otro cuento atrasado, me dijo:

—Hoy trabajo.  Pero si no tienes planes podrías acompañarme.

—No tengo nada planeado.  Mi idea era venir a desayunar contigo y luego irme a caminar por ahí —le respondí.

—Habrá mucho calor en la tarde. Si quieres caminar es mejor que lo hagas después de las cuatro. Trabajo en El Petit Palais.  Es un museo.  Hoy trabajo solo tres horas.  Tiempo suficiente para que visites el museo, comas y bebas algo si así lo deseas.  Luego estoy libre. Podemos pasar el resto de la tarde juntas.  

La idea me pareció atractiva.  Caminar sin rumbo y bajo el sol en pleno verano, no podía competir con la propuesta que Marta me hacía.  Al llegar al museo, ví como Marta se movía con gran naturalidad, era como si estuviera en la sala de su casa.  Saludo a varias personas, y me presentó a unas cuantas.  Me indicó donde debía comenzar el recorrido, y por supuesto, el lugar que sería nuestro punto de encuentro.  

Quince minutos después, estaba yo paseándome a solas por el grandioso Petit Palais.  Sin duda alguna, un lugar mágico.  Observé con detenimiento todas y cada una de las obras allí expuestas. Tomé café, comí torta y caminé por majestuosos pasillos cubiertos de pinturas cuyos personajes parecían salir de las paredes. 

A las tres y media, estaba puntual en frente del salón de pintura.  Lugar en el que había quedado con Marta.  Abrí la puerta e inmediatamente gire a la derecha.  Era un salón redondo.  Todas las sillas estaban al mismo nivel y con vista al centro.  Me senté en la primera silla que vi vacía, saqué mi celular y envié un mensaje a Marta: ¨Ya estoy en el cuarto de pintura, este lugar es hermoso. Aquí te espero¨.  Habían pasado ya diez minutos y al revisar de nuevo el celular, nada de nada.  Marta no había respondido. 

Fue allí cuando finalmente reconocí el lugar en el que me encontraba.  Tal y como decía en la puerta de entrada, estaba en un salón de pintura.  Todos y cada uno de los allí presentes —excepto Yo—, estaban concentrados pintando.   Levante mi cara y en medio de mi miopía, traté de enfocar el centro del auditorio.  Ese punto medio al que todos miraban. 

Sentada en una silla roja de terciopelo, desnuda y con la mirada fija quién sabe dónde, estaba Marta, mi amiga.

 Marta nació y creció en Puerto España, Trinidad y Tobago.  Anteriormente se desempeñaba como comunicadora social e incluso fue profesora de secundaria en una escuela internacional.  Por dos años vivió en Suiza, país que recorrió de punta a punta pero en el que nunca se sintió cómoda.  Siempre me dijo que el hablar otro idioma la hacía ser otra persona, una persona débil.  Hablar alemán le restaba carácter.  Siempre se sintió como una mujer sabia encerrada en un cuerpo con la motricidad y el vocabulario de una niña de cinco años.  En Suiza, su gran fortaleza, su lírica, la había perdido. 

 Sentí pena al verla allí, desnuda, calmada, esperando a que fuesen las cuatro, para poder recoger su bata y cubrirse.  Tal vez en ese instante, el absurdo pudor me hizo sentir pena de que fuese mi amiga.

—Aquí estás, llegaste puntual como siempre —dijo Marta al verme.

—Ya sabes, pretendiendo ser Suiza —le respondí con burla.

Salimos del Petit Palais y nos fuimos directo a comprar vino, queso, pan y frutas.  El plan era ir y sentarnos en los alrededores de la Torre Eiffel. 

Claramente mi Yo interno seguía en shock.  Lo disimulé muy bien, conversé con toda naturalidad sobre otros temas e incluso mencioné una que otra vez alguna de las obras que había visto en el museo.

Ya sentadas y con par de copas encima, Marta se aventuró a decir:

—Es tu segunda vez en París. ¿Qué te parece?

—Me parece que tienen buen queso, y un muy buen vino. Todo se ve glamoroso y sofisticado.

—Lo es.  Al principio pensé que todo era muy superficial, pero con el tiempo aprendí a descubrir ese aire dramático que le ponen a todo.

—Trabajas en un museo.  Estás rodeada de artistas todo el tiempo, por supuesto que ves drama en todos lados.

—Pensé que nunca traerías el tema —me dijo mientras sonreía y servía más vino.

No quería incomodarla. Sentí pena de solo pensar que ella pudiera sentirse juzgada.

—No hay nada que decir.  Estoy opinando sobre los artistas, no sobre ti.

—Soy Modelo de Arte.  Ese es mi trabajo.  Cuando lleno planillas y debo especificar mi profesión, no sé que decir.  Es difícil de explicar.  Me alegra que hayas podido verlo por ti misma.

—Creo que eres muy valiente.  Cómo llegaste allí.  Cómo descubriste que existe semejante trabajo.

—Llegue allí como llegaron todos. Por casualidad y por necesidad.  Una amiga me presentó a otra amiga y ella me planteó el trabajo como una opción.   El primer día me sentí desubicada. Tuve dolor físico y mental.  Físico porque a pesar de estar sentada, haciendo nada, tu cuerpo debe permanecer por horas en una misma posición.  Mental, ya te imaginas por qué.

—¿Y desde cuando eres modelo de arte? ¿Es el único trabajo que tienes?

—Comencé hace dos años, y creo que nunca dejaré de serlo.  No todos los que llegan al salón logran convertirse en modelos de profesión.  Los que nos quedamos, aprendemos a reconocer y apreciar la sensibilidad del artista.  Siempre he tenido atracción por el abismo.  Creo que siempre había estado buscando un lugar así.

—Repito, eres muy valiente.  Yo me siento cómoda con mi desnudez, pero no puedo ser el centro de atención por más de diez minutos. 

—Aunque no lo creas, el estar desnuda en medio de un salón y posar inmóvil, no es lo más difícil del trabajo. 

—¿Qué es lo más difícil? Que quieras ir al baño o te pique la nariz y no puedas moverte —dije en tono burlón.

Lo más difícil es estar en silencio.  Tener un diálogo interno por más de cuatro horas es agotador. Sin contar la resistencia física que debes tener.

—Pero igual, debe ser incómodo estar allí completamente desnuda.  Sin saber qué posición debes hacer.  O incluso, qué estará pensando el pintor.

—El artista no está pendiente si eres mujer u hombre.  La mirada del artista es una mirada analítica.  Mientras otros ven un cuerpo desnudo y posiblemente sensual, el artista está calibrando tonos, medidas, empleando técnicas de lineado para conseguir profundidad. Es un momento sublime y muy noble.  El pintor se convierte en un cuenta cuentos.  Plasma en papel lo que puede ver, mas no tocar —dijo con una sonrisa en sus labios.

—¿Y cuántas horas a la semana lo haces? digo, para que sea sustentable.

—Trabajo casi cuarenta horas semanales.  Es un trabajo de tiempo completo.  Con horarios complicados, pero manejable.

—¿Cuáles son los diálogos internos que tienes?

—Desnudarme cuarenta horas semanales se convirtió en mi mejor terapia emocional.  Descubrí en el silencio mi propia personalidad.  La desnudez, algo que he tenido desde siempre, me regala ahora una felicidad extrema.  Siempre supe que gozaba de mi compañía, pero nunca la había vivido en compañía de otros.

—¿Y cómo hiciste para que te siguieran llamando?.  O es un trabajo al igual que otros donde dejas tu currículo y ya.

—Alguien por aquí está interesada en aplicar —dijo, mientras me empujaba por un hombro—.  No es tan fácil.  Es importante el clima que generas en el salón.  Se debe ser calmado y honesto, para poder transmitir al artista la energía necesaria que activa su creatividad.

—Calmado… Definitivamente no es para mí —respondí.

—Yo amo mi trabajo.  Y ya no me incomoda contárselo a nadie.  

—Si eres feliz y estás cómoda, no hay más que decir.  Salud por tu trabajo, y por esta rica tarde de verano —concluí.   

Esa noche al llegar al hotel y acostarme en la cama, pensaba, ¿es realmente necesario someternos a tal vulnerabilidad para lograr liberarnos de todos los pensamientos que nos atan?  ¿Cuántas cosas hemos dejado de disfrutar por el bendito pudor?.  ¿Sigue siendo el pudor una virtud moral? Tal como lo dijo Marta, la desnudez es algo que hemos tenido desde siempre. ¿Por qué sentir vergüenza por el cuerpo propio o ajeno?  ¿Requerimos de dolor físico para sentirnos vivos?  Son muchas preguntas y creería que no hay una respuesta correcta, de lo que sí estoy segura es de la necesidad de tener momentos a solas, en silencio.

 Allí, en el magnífico Petit Palais (Museo de Bellas Artes de París) donde se encuentra una colección de objetos antiguos, objetos medievales, manuscritos, libros raros y pinturas holandesas del siglo XVII, hay un viejo y frío auditorio en el que Marta, no solo desnuda su cuerpo si no también su alma.  Lo hace de manera consciente y se siente feliz de tener un espacio en el que puede pensar, agradecer, y viajar a su interior.  Ese momento de desnudez la lleva a su Yo más interno. Es su momento de soledad, aún y cuando lo hace en frente de más de 25 personas.  

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