La Prima Roja

Photo by Erol Ahmed on Unsplash

Dalia tenía doce años cuando menstruó por primera vez, sin ni siquiera saber que esto existía. Desde que tiene memoria, vivió siempre con su padre y su hermana menor, en el Pueblo Lavalleja situado al noroeste de Uruguay.

Su padre era obrero de profesión, del mismo modo en que lo fue su tío, su abuelo y bisabuelo.  Nunca conversó con ella nada relacionado al sexo, o a lo que les pasa a las mujeres una vez al mes.  Y su hermana, quien es cinco años menor, no tenía porqué, como toda niña para aquel entonces vivía en un mundo de hadas y unicornios.

Despertó un miércoles por la mañana con sangre entre sus piernas, y la sábana manchada.  Fue tan grande el susto, que se desmayó.  Lo siguiente que recuerda es a su hermanita trayéndole flores y colocándolas a su alrededor.  En su inocencia, la pequeña Dolores creía que Dalia había muerto, y que debía traerle flores y cantarle para que subiera al cielo.  Al reaccionar y verse rodeada de flores, llena de sangre, y su hermana susurrando cantos marianos, Dalia se volvió a desmayar.

Pasado el susto, se metió a bañar.  Mientras se enjabonaba, gotas de sangre seguían saliendo de su entrepierna, y un fuerte dolor de estómago ―porque era el único órgano que para ese entonces conocía― la hizo acurrucarse en el piso. 

Con la certeza de que moriría ese día, salió al potrero a alimentar a los cochinos, limpió la casa, bañó y vistió a su hermana, y preparó la comida.   No podía morirse y de paso dejarle el disgusto a su padre por la faena no concluida.  Siempre lo había escuchado decir: ¨No hay nada mejor que morir después de una jornada de trabajo, pagándole a todo el mundo y sin deberle nada a nadie¨.  Repetía lo mismo una y otra vez, como si él ya hubiese muerto muchas veces.

De la nada, a su memoria vino aquel día en el que resbaló por un peñero y cayó al río, raspándose codos y rodillas.  La maestra Carmen le había colocado un menjurje de anís ―que limpiaría la herida―, manzanilla ―para desinflamar―, y café ―para trancar la sangre.  Preparó el menjurje, lo colocó entre sus piernas y se sentó a esperar a su padre y a la muerta.  Sin saber cuál de los dos llegaría primero. 

Eran las doce y media y ninguno de los dos, ni la muerte, ni su padre, habían llegado a tocarle la puerta.  Que tristeza ―pensó―, tenía la esperanza de poder despedirme de él y de recordarle que debía buscar a Dolores en casa de Leonisa.  La tristeza le produjo mucho llanto, y el llanto trajo consigo aquel fuerte dolor de estómago que había sentido mientras se bañaba. 

Con la poca fuerza que le quedaba en el cuerpo, y ese coraje que aún caracteriza a Dalia, se levantó y limpió la sangre que manchaba la silla, cambió el menjurje que tenía entre las piernas y decidió ir a casa de La Loca Leonor, una viejita con aires de bruja que de vez en vez caminaba desnuda por el pueblo.  

Con unas cholitas moradas de plástico, intentando mantener el menjurje entre sus piernas, un fuerte dolor de estómago, y goteando sangre, Dalia caminó siete kilómetros hasta llegar a la desbaratada casa de La Loca Leonor. 

―Me estoy muriendo, mi padre no lo sabe y hay que ir a buscar a Dolores en casa de Leonisa ―es lo que recuerda haber dicho Dalia, con la cara llena de lágrimas y la nariz full de mocos.

La Loca Leonor sonrió al ver tal esperpento, y soltó una fuerte carcajada cuando notó que Dalia tenía en las piernas líneas rojas que bajaban hasta sus tobillos.

―No se ría, esto es muy serio ―protestó Dalia―.  Me ha salido mucha sangre y no sé de dónde.  No tengo ningún raspón.  Seguro tengo un hueco en el estómago.  No sé por qué, no comí nada afilado o puntiagudo.  Ayer comí lo mismo que Dolores, ya la revisé y ella no tiene sangre.  Mi papá no vino a comer.  Seguro sospecha que voy a morir y no quiso venir a despedirse. 

―¡Ya ya, cállate botija! Hablas más que un perico ―respondió La Loca Leonor― ¡no te vais a morir un carajo!  Lo primero que vas a hacer es irte a lavar afuera.  Te lavas bien por dentro y regresas.

―¿Por dentro de dónde?

―Por donde orinas, niña.  ¡Por ahí te vas a lavar!

Entre risas nostálgicas, mientras compartíamos una pizza, Dalia me contó esta historia.  Yo reí más de nervios, que de gracia.  Traté de imaginar aquel camino montañoso que Dalia describió a la perfección, y que veintiún años atrás —cuando tan solo tenía once— había recorrido llena de lágrimas, mocos y sangre. 

―¿Y qué te dijo la viejita? —le pregunté.

—Pues qué me va a decir amiga.  Puras sandeces.

—Sandeces que seguro creíste, porque para ingenua Tú, ¡y a esa edad más!

—Sí amiga. Me dijo que La Prima Roja vendría una vez al mes.  Que no podía bañarme durante esos días, porque podía quedar estéril.  Yo no sabía qué significaba ser estéril, pero asumí que era algo malo, así que nunca me bañé.  También me dijo que no podía salir al campo.  Los animales podían oler la sangre y me morderían.  Y lo más absurdo fue esto, ¡no podía ir a la iglesia! —dijo casi gritando— mientras La Prima Roja estuviese conmigo, yo era una mujer impura y daba mala suerte.  Si otras mujeres se me acercaban podían quedar embarazadas.

Dalia creyó cada una de estas historias hasta muy entrada su adultez, cuando por primera vez, visitó a un ginecólogo.  Tenía consciencia de que la menstruación la había convertido en mujer y que regulaba su fertilidad, pero no tenía idea de cómo.  Sabía que La Prima Roja venía acompañada por distintos síntomas, pero por más de diez años nunca entendió por qué.

El desconocimiento que rodea a la menstruación, resta oportunidades para generar espacios de discusión sobre el control natal, la salud sexual y la correcta higiene menstrual.

El estigma de la menstruación aparece repetidamente en diferentes culturas y geografías de todos los tiempos.  Abundan los eufemismos.  Al parecer, palabras como menstruación, regla y período, son consideradas socialmente ofensivas o de mal gusto.

Tratemos de recordar cuántas veces hemos conversado abiertamente con un hombre —nuestra pareja, un compañero de trabajo, e incluso nuestro padre— sobre la menstruación.  Seguramente en muchas oportunidades hemos inventado historias fantásticas para excusar nuestra falta de ánimo o el cambio de humor que algunas experimentamos. 

Decir o no decir la verdad.  El tabú inevitablemente nos coloca en un dilema que ninguna mujer debería tener que enfrentar.

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