Despedidas Cósmicas

Regresaba a la ciudad en la que crecí.  Muchas personas aseguran que el hogar no es más que tu dirección postal —creo que se equivocan—, el hogar es ese espacio en donde tus mejores recuerdos fueron creados.  Mérida es mi hogar.

Al salir de casa, tenía antojo de recorrer la misma ruta que por tantos años hice siendo adolescente.  Caminé hasta la estación del bus y al llegar, noté que los avisos seguían siendo del mismo color, amarillo con letras rojas —para la ruta corta— y azul con letras negras —para la ruta larga.

Tuve suerte, el de la ruta corta estaba casi vacío.  Subí al bus y me senté en la primera silla que daba a la ventana. No quería perder detalles del recorrido.  Lo conocía como a la palma de mi mano, pero habían pasado ya diez años, tal vez tenía la esperanza de sorprenderme con algo nuevo.

Hacía mucho calor y las manos me sudaban.  Había olvidado el olor a gasolina, propio de los buses viejos y estartalados. El conductor frenaba y aceleraba sin ningún reparo.  Nada ha cambiado —pensé—.  Al llegar a la calle 25, justo en frente de la tienda que solía llamarse Frontino, la vi. 

Estaba de espalda y pintaba una pared enorme, subida en una escalera.  Con una mano se sujetaba y con la otra pintaba.  Vestía unos jeans añejos y una camisa larga y blanca.  Su cabello ondulado lucía una cinta rosada tipo cintillo.  Ella se agachaba, mojaba el rodillo y pintaba.  Hizo lo mismo unas cuantas veces.  La mujer que estaba a su lado y le sostenía la escalera era mi madre.  Con una mano sostenía y con la otra revolvía con un palo viejo la pintura blanca que estaba en el envase.

—¡Por la parada, por favor! —grite desaforadamente.

De nada sirvió el grito.  Ya el conductor había metido primera y acelerado rápidamente para trancarle el paso al siguiente autobús. 

—Señor por favor, me quiero bajar aquí.

—Muy tarde chamita, te bajas en la siguiente —respondió en tono regañón el conductor.

Camino a la siguiente parada, muchas preguntas llegaron a mi cabeza, ¿Qué hace mi prima pintando una pared?; ¿por qué mi mama no le dice nada?; ¿para qué será esa pared?

Finalmente, el bus se detuvo y logré bajarme.  Caminé a toda prisa entre la gente, con la cabeza agachada intentando no pisar a nadie.   Al llegar a la tienda Frontino, mi madre y mi prima ya no estaban allí.  En su lugar, encontré a su hermano mayor, quien ahora pintaba la pared. 

—¡Madre mía, esto sí que es un milagro! —gritó sorprendido mi primo— ¿Cuándo llegaste?

Lo miré por un instante y no supe qué responderle. 

—Acabo de ver a madre, justamente aquí, pintando esta pared con tu hermana.

—Sí, en eso andaban.  Pero ya se fueron a la Caminata de Colores.

—¿Caminata de Colores? —pregunté arrugando la frente.

—No preguntes.  Ya las conoces.

—¿Y en dónde comienza esa caminata?

—En la siguiente cuadra.  De aquí se ve todo.  Este año hay mucha gente.  Ponte este sombrero de colores para que puedas participar.

Me coloqué el sombrero y salí corriendo.  De pronto descubrí que, para eso había tomado el bus, para ir a esa caminata.  ¡Cómo pude haberlo olvidado!

Era increíble la cantidad de personas que allí estaban.  Cada uno tenía un sombrero cumpleañero, con cintas brillantes que salían de la punta del cono.  Este año se lucieron, ¡Qué bonito se ve! —pensé.

A lo lejos pude divisar a mi madre y a mi prima.  Caminaban tomadas de la mano.  Intenté muchas veces alcanzarlas, pero parecía que todos caminábamos sobre una cinta transportadora. 

—¡Mami!, ¡Yura! —grité con todas mis fuerzas.

Grité muchas veces.  A nadie parecía importarle mis gritos.  Todos caminaban. 

Después de unos segundos, solo ella, mi prima, me escuchó.  Aun tomada de la mano de mi madre, como pudo se volteó para mirarme.  Me regaló una sonrisa, y con la otra mano se despidió.

Desperté exaltada de aquel sueño que sentí tan real.  Arropada en mi cama, con la mirada fija en el techo, mi consiente me trajo de vuelta a la realidad y entendí que no estaba en Mérida.  Repasé en mi memoria todo lo que acababa de vivir en aquel sueño y con nostalgia por no encontrarme en mi hogar, decidí revisar el celular.

Eran las cuatro de la mañana y tenía un mensaje reciente de mi hermana.  Un mensaje escrito al estilo telegrama.

Manis_3:45: 

Yura se ha ido.  No te preocupes.  Mami estaba con ella.

Yo_4:02: 

Lo sé. Las acabo de ver juntas, caminando y tomadas de la mano.

Acurrucada bajo la cobija, cerré los ojos y repetí de nuevo en mi memoria ese instante en el que, tomada de la mano de mi madre y rodeada de sombreros que brillaban como luciérnagas, sonreía y se despedía de mí. 

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