De Las Polvorosas Al Hotel De La Calle 16 ͣ

Photo by Kevin Angelso on Unsplash

El negro Omar fue el primogénito de los García.   Por ser el primero de once hijos su crianza fue severa, propia de los años treinta. 

A los siete años aprendió a arar la tierra, enlazar ganado y pastorear ovejas.  Al cumplir doce, su padre —mi abuelo— lo llevó a la casa de Las Polvorosas.  La casa más popular y colorida del pueblo.  Una casa que hedía a tabaco, perfume barato y según dicen algunos a mierda de caballo.

Cada que bebía, Tío Omar contaba con nostalgia aquel día en el que, por fin supo lo que había detrás de esa puerta con aviso fluorescente.

Buenas noches —decía mi tío, simulando la voz del abuelo— he venido a cerrar un negocio con los Sánchez.  Mientras tanto, necesito a una ¨señorita¨ que haga hombre a mi hijo. 

Era la única parte del cuento que sabíamos.  Después de esa solemne frase, Tío siempre hacía una pausa, bien sea para cambiar de tema o simplemente para quedarse dormido.   Nunca supimos cómo le fue en ese encuentro, pero todos dedujimos que su forma de ser, así, mujeriego, rochelero e incluso desapegado, tenía mucho que ver no solo con la crianza que tuvo, sino también, con lo que pasó aquella noche en la que, mi abuelo cerraba un negocio y él se convertía en hombre.

Aún y cuando le faltaban dos dientes incisivos, específicamente los dos de enfrente, su sonrisa era encantadora.  Según contó mi madre, el Negro Omar casi muere a los trece años desangrado en una camilla de un ambulatorio rural.  Un odontólogo, quien puede no haya sido el mejor pero el único del pueblo, le sacó una muela sin anestesia, y lo mandó a su casa con una gaseosa como premio de consolación.  Tío siempre se quejó diciendo que ese premio fue el peor de su vida, pues no compensó los cuatro días que estuvo en cama, delirando por la fiebre y escupiendo sangre. 

Mis vacaciones de verano siempre las pasé en su casa.  Rodeada de primos y vecinos que jugueteaban toda la tarde con una pelota amarilla.  El punto de encuentro siempre fue el parquecito de la esquina.  A Tía solo le bastaba salir a la terraza y gritar: ¡A comer!, para que todos —mis siete primos y yo— dejáramos lo que estábamos haciendo y obedeciéramos tal cual pelotón a su llamado.  Siempre se dijo que El Negro Omar, estratégicamente había comprado la casa con vista al parque, para facilitarle a Tía su trabajo. 

Hoy, al igual que en mi niñez, desperté de nuevo en su casa. El armario marrón luce más pequeño, y las calcomanías que pegamos mis primos y yo veinte años atrás, lucen ya desgastadas. Aquí desperté, recordando aquella conversación que, sin saber, fue la última que tuve con Tío. 

Tenía dieciséis años y como de costumbre, pasaba mis vacaciones en su casa.  A pesar de haberme bañado tres horas antes, mi cabello aún estaba húmedo.  Decidí levantarme e ir por una toalla.  Abrí la puerta intentando no hacer ruido, mis primos dormían y no quería molestar.  Mientras caminaba por el pasillo en dirección al baño, recordaba las palabras de mi madre ¨nada de hacer malas caras, te comes todo lo que sirvan y en las noches no hagas ruido, mira que tu tío tiene sueño de pluma¨.  Era la instrucción que recibía cada año antes de montarme en el avión.

Al salir del baño, con la toalla en la cabeza, caminé a oscuras hasta llegar al cuarto.  Al entrar vi una sombra desplazarse de una esquina a otra.  Contuve la respiración por unos segundos y encendí la luz.  Allí estaba Tío Negro, con esa sonrisa pícara.

—Vine a mostrarle dónde puede apagar el aire, por si le pega el frío.   Aquí también, en esta gaveta, la que tiene las calcomanías, consigue medicinas por si se siente mal —dijo, manteniendo su sonrisa.

—Estoy bien Tío, no se preocupe.  

—Bueno, ya que estoy en esto le muestro.  Aquí tiene de todo, aspirina, ibuprofeno, pomada para las picaduras de zancudo —hizo una pausa mientras se acomodaba los lentes y leía el frasquito que tenía en la mano—, y este no sé para qué es, pero mañana le preguntamos a La Negra.  Yo voy por un vaso de limonada, hace mucha calor.  ¿Quiere venir?

Como buenos anfitriones, mis tíos siempre cedían el cuarto principal a la visita.  El único que para esa época tenía aire integral.  Ellos como podían se acomodan en los otros cuartos, en los que solo había ventiladores que soplaban el calor y los zancudos de un lado a otro.

Recordando la instrucción de por mi madre, respondí:

—Claro Tío, yo lo acompaño.

Tan pronto el Tío encendió la luz de la cocina, vi como tres queques, o mini lagartijas, corrían a esconderse detrás de la nevera.   

—No hacen daño, hija.  Se comen los zancudos —explicó Tio Negro, al ver mi cara de susto.

Me sirvió un vaso con limonada y pellizcó un pedazo de pan que estaba sobre una mesita de madera.

Nos sentamos en la sala y así sin más, me dijo:

—Ya sé que tienes un noviecito —de nuevo, mostrando la encía vacía. 

—Vaya, pensé que los chismes familiares no salían de Mérida —respondí.

—Los chismes llegan hasta la China, si allá hay familia —hizo una pausa, bebió y siguió—.  Esos amores de adolescentes.  Son los mejores.  Yo tuve muchas novias.  Así negrito, sin dientes y todo, siempre fui muy noviero.

No pude contener la risa, imaginando lo travieso que debió ser. 

—En esta vida se puede hacer de todo, pero hay que saberlo hacer —comentó Tío, acomodándose en la silla—.  Yo sé que su mamá es clara y directa.  No creo que yo le vaya a decir algo que ella no le haya dicho. 

No sabía las palabras textuales que usaría, pero estaba clara del sermón que se venía.

—Se lo digo como hombre, la inteligencia, y la moral de una mujer lamentablemente se mide por lo que pase entre sus piernas. ¿Si me entiende verdad? —con la cabeza asentí—.  Una mujer podrá tener muchos estudios, pero si no cuida lo que pasa entre sus piernas nunca será reconocida por su inteligencia.  No digo que no vaya hacer esto o lo otro.  Repito, usted puede hacer de todo, pero hay que saberlo hacer.

—Lo sé Tío —respondí sin mirarlo a los ojos.

—Si ese novio que tiene ahorita, le pide una muestra de amor, piénselo.  Si después de pensarlo, usted quiere dársela, está bien.  Pero sepa hacerlo.  Y si a mitad de camino, usted cambia de opinión, diga NO.  Pero diga NO con fuerza.  Para que él entienda que usted es la que decide.

Me miró con ternura, y me quitó el vaso ya vacío de la mano.  Se levantó de la silla y dijo:

—Vámonos a dormir, no vaya a ser que los queques salgan de nuevo y nos coman.

De saber que esa sería la última conversación, no hubiese respondido en monosílabo.  Tal vez le hubiese agradecido el consejo, ese que seguro nunca conversó tan abiertamente con sus propias hijas.

Tío Negro murió tres meses después.  La noticia nos llegó —tal como siempre llega la muerte— de sorpresa.  Su cuerpo lo hallaron en la cama de un hotel barato.  Tendido, desnudo y un poco hinchado.  Con restos de piel entre sus uñas, un chichón en la cabeza y uno que otro arañazo. Con la cedula de identidad en el pecho.   Según mi tío, El Detective —de quien hablaré seguramente en otra historia—, el escenario era propio de un asesinato.  Nunca lo sabremos.  El pudor familiar nos convenció de que era mejor decir que había muerto de un infarto, mientras inspeccionaba una de sus obras.  Esa misma historia fue la que le contamos a Tía.   

La acompañante de ese día, y quien presumimos estuvo con él durante su último respiro, sigue siendo una incógnita.  No debió ser muy inteligente o moral —según la definición de Tío— pero fue astuta y hasta bondadosa.  Antes de marcharse, se encargó de no dejar rastro alguno de su existencia.  Se adueñó del reloj de oro del abuelo —seguramente sin saber el valor que este tenía—, cobró por sus servicios, dejando la billetera vacía, y de propina se llevo el celular y las llaves de la camioneta.  ¿Por qué bondadosa? Porque gracias a ella, supimos dónde encontrar a Tío Omar.

Papá Omar_16.38:

Hijo, estoy en el hotelucho de la 16ͣ.   

El que se ve desde la calle Acacias.

Venga a buscarme, estoy muy bebido.

Bien lo dijo Tío Negro ´en esta vida se puede hacer de todo, pero hay que saberlo hacer´.  Hoy pensando, creo que aquella vez, en el hotel de la dieciséis, como que no todo le salió muy bien —o sí, no lo sé.

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