Visa Para Un Sueño

Karla despertó esa mañana con el corazón en la boca.  Había esperado diez años por este momento.  Diez largos años en los que tuvo trece trabajos, rentó nueve apartamentos, conoció a dos de sus sobrinos por Skype, y se enteró de la muerte de sus abuelos a través de un mensaje de whatsapp.  Mucho había pasado en esos últimos años.  A pesar de los problemas sociales, allá, en esa tierra de nadie, la vida nunca se detuvo. Tampoco Karla lo hizo.

Se levantó de la cama directo al baño.  Cepilló sus dientes, arregló su cabello y como de costumbre, encrespó sus pestañas y le puso un poco de color a sus labios.  Cortó la etiqueta del vestido nuevo y buscó la panty que le hacía juego.

Ya vestida y con cartera en mano, dio un último vistazo al espejo ―cual policía de moda― e inspeccionó de punta a punta si todo había quedado en su lugar.  Tomó las llaves de la casa, y por supuesto la carpeta marrón, aquella que ahora contenía el pase directo a su felicidad y estabilidad.

Apenas era octubre y ya había nevado un montón ―nada nuevo en Montreal―.  Karla escapó de un país en el que el sol sale todos los días, y aterrizó en uno en el que, el canal del tiempo te informa con anticipación si el rey de oro aparecerá o no.

La Ceremonia de Naturalización comenzó a las diez de aquella fría mañana de octubre.  Previo a la ceremonia, un funcionario revisó la carpeta marrón y validó que los últimos documentos solicitados estuviesen en orden. 

Todos concuerdan en que el momento más cumbre de la ceremonia, es cuando los allí presentes, expresan el Juramento de Lealtad.  Debe ser cierto, tan pronto Karla levantó su mano derecha y comenzó a pronunciar las primeras palabras, varias lagrimas se escaparon y rodaron por su mejilla.  Este emocionante momento, Karla lo vivió sola.  En menos de cinco minutos, diez años de compromiso, finalmente llegaron a buen puerto.

De regreso a casa, Karla decidió entrar en aquel abasto chino que de manera inexplicable le recordaba a su madre.  Amanda la recibió con un abrazo.  Esta pícara niña de diez años, entendía a la perfección la importancia de ese día. 

―Puedes agarrar una pizza, dos cervezas y algunas frutas. Correrá por cuenta de la casa ―dijo Amanda, con su cuasi perfecto francés.

―Tu francés ha mejorado mucho.  Espero no lo estés usando para quebrar el negocio de tus padres ―respondió Karla, con una sonrisa.

―Mom es quien ha tenido la idea.  Dice que este momento tan memorable no puedes dejarlo pasar por debajo de la mesa. 

Karla miró a la Sra. Jie, y con una sonrisa agradeció el gesto. 

Eran las doce, y el sol aún intentaba salir de entre las nubes.  Karla abrió rápidamente la puerta del edificio, revisó la correspondencia y subió a zancadas hasta su apartamento. El frío era indescriptible.  Era hora de quitarse el vestido.  Ya encontraría una solución para devolverlo.  Total, no le había dado chance ni de sudarlo. 

Sentada en el sofá, comiendo y leyendo su correspondencia, descubre otra magnífica noticia.  La aplicación al trabajo de sus sueños ―como asistente de profesora Universitaria― había sido admitida. Vaya Vaya ―pensó Kira―la vida me esta tirando papelillos.

Terminó de comer, y decidió no esperar un minuto más.  Qué mejor día para ir a renunciar.

Nueva nacionalidad, almuerzo gratis y nuevo trabajo.  Todo indicaba que aquel día, su vida cambiaria para siempre, y cambiaria para bien. 

Aquel diez de octubre del 2010, luego de renunciar a su antiguo trabajo ―el número trece―, Karla caminó libremente por la calle Saint Denis de Montreal. Sin rumbo fijo, ella solo quería respirar. 

Alrededor de las cinco de la tarde, comenzó a llover y a nevar ―sí, las dos cosas al mismo tiempo. Así es Montreal.

Sacó el celular, abrió la aplicación y solicitó un Uber.  La opción más rápida y económica era compartirlo con otra persona ―porqué no, pensó Karla.  Pagaré diez dólares en lugar de quince. 

Nadie conoce los detalles, total, los accidentes de tránsito son muy comunes en época de invierno. 

Karla murió a las diez de la noche de aquel 10 de octubre de 2010.  Murió después de diez años de sacrificios.  Sacrificios que le otorgaron un pase a la Ceremonia de Naturalizacion que se celebró a las diez de la mañana del mismo día.  Diez años tenía Amanda cuando la abrazo por última vez y diez dólares fue el último cargo que recibió su tarjeta de crédito.

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